GONZALO CASINO / @gonzalocasino / gcasino@escepticemia.com / www.escepticemia.com

Sobre la clasificación y codificación de las enfermedades y sus implicaciones

Uno de los requisitos importantes –y no suficientemente valorado– del progreso de la medicina en el mundo globalizado es la existencia de un código común, de un lenguaje compartido para nombrar de forma inequívoca enfermedades, lesiones, síndromes, causas de lesión y muerte, síntomas, signos y demás circunstancias de la enfermedad. Ese sistema unificado existe desde finales del siglo XIX, se llama ahora Clasificación Internacional de Enfermedades (ICD, en sus siglas en inglés) y se elabora desde 1948 bajo la coordinación de la OMS. El pasado 18 de junio salió a la luz la undécima edición, el ICD-11, que sustituye al ICD-10 de 1992 (aunque actualizado en 2016) y contiene alrededor de 55.000 códigos de enfermedades, lesiones y causas de muerte, con los que se elaboran las estadísticas mundiales de morbilidad y mortalidad. Esta herramienta es un compendio actualizado del saber médico, pues clasificar es siempre una forma de conocer, aparentemente la más simple, pero en realidad de enorme sofisticación y trascendencia.

El ICD-11, con sus nuevas entradas y salidas de términos y sus recodificaciones, plasma los avances médicos del último cuarto de siglo y está llamado a tener una influencia clara en la investigación y la atención médicas. Las novedades son muchas, algunas relevantes, como la inclusión de un nuevo capítulo sobre la salud sexual, que refleja los importantes cambios de los últimos años basados en el conocimiento científico de las dimensiones de la sexualidad y la personalidad. La nueva clasificación del ICD-11 sobre los trastornos relacionados con la salud sexual puede tener importantes implicaciones para las personas y los sistemas sanitarios, pues comporta que un problema sexual sea o no incluido en las coberturas asistenciales. Otra de las importantes y polémicas novedades es la inclusión de un nuevo capítulo sobre medicina tradicional, ya que algunos interpretan la integración de toda esta terminología como una concesión a la pseudociencia.

En general, todos los cambios en esta clasificación sistemática son fruto del trabajo continuo de grupos de expertos en cada campo. Muchos de ellos han generado un gran debate que ha tenido eco en las revistas científicas. Así, por ejemplo, los neurólogos y neurocirujanos han conseguido finalmente que el ictus aparezca incluido en el ICD-11 en el capítulo sobre sobre las enfermedades del sistema nervioso, tras ser rescatado del feudo de las enfermedades circulatorias. En un instructivo artículo publicado ahora en The Lancet (Ictus en el ISD-11: el fin de un largo exilio), los autores explican cómo ha evolucionado el conocimiento y el tratamiento de las enfermedades cerebrovasculares en el  último medio siglo y las nefastas consecuencias de su incorrecta clasificación. Sin embargo, otros anhelados cambios, como la sustitución del polémico término esquizofrenia por enfermedad de Kraepelin u otras denominaciones, no llegaron a materializarse.

El ICD-11, como primera clasificación sistemática del siglo XXI, es una base de datos terminológica digital, multiplataforma, interconectada y multilingüe. Es un producto que nace y crece en internet. No es sorprendente, por tanto, la incorporación de nuevos códigos para los trastornos del juego dentro y fuera de la red, que ya está teniendo como correlato la creación de centros especializados para atender las adicciones a los videojuegos y a internet, como el que el National Health Service británico va a crear en Londres. El nuevo ICD-11 será adoptado por los estados miembros de la OMS en 2019 y su uso se generalizará en 2022. Pero hasta entonces y después seguirá actualizándose ligeramente cada año y más a fondo cada tres años. Del buen uso de sus 55.000 códigos alfanuméricos depende en buena medida el progreso de la medicina y de los cuidados de salud. Porque cada uno de estos códigos es realmente mucho más que un código.


Autor
Gonzalo Casino es periodista científico, doctor en medicina y profesor de periodismo en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona. Ha sido coordinador de las páginas de salud del diario El País durante una década y director editorial de Ediciones Doyma/Elsevier. Publica el blog Escepticemia desde 1999.

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Columna patrocinada por IntraMed y la Fundación Dr. Antoni Esteve