Los Nobel Albert Einstein, Fritz Haber y Pierre Curie se casaron con mujeres que habían decidido dedicar su vida a la ciencia, aunque los dos primeros renegaron de ellas

ADELA MUÑOZ PÁEZ | Artículo original

Cuando yo era pequeña no entendía por qué la Iglesia incluía en la ceremonia del matrimonio estos versículos del Génesis: “Compañera te doy que no sierva” porque decían algo que para mí era evidente. Con el tiempo me di cuenta de que para muchos hombres, las mujeres  seguían teniendo el estatus de “siervas”.

Fue el caso de dos científicos alemanes que realizaron descubrimientos trascendentales: Albert Einstein (Ulm, Alemania, 1879), el científico más conocido, descubridor, entre otras cosas, del efecto fotoeléctrico por el que obtuvo el Premio Nobel de Física en 1921, y Fritz Haber (Breslau, Alemania, 1868) descubridor de la síntesis del amoniaco  y ganador por ello del Premio Nobel de Química en 1918.  Estos dos científicos y Pierre Curie (París, 1859) descubridor de la piezoelectricidad y de la radiactividad, por la que obtuvo el Nobel de Física en 1903, se casaron con mujeres que habían decidido dedicar su vida a la cienciaMileva Maric, primera mujer de Einstein, conoció a su marido cuando ambos estudiaban física en la Escuela Politécnica Federal de Zúrich. Aunque Clara Immerwahr y Fritz Haber se conocieron cuando ambos eran estudiantes, sus caminos se separaron y cuando se volvieron a encontrar, Clara ya había presentado su tesis doctoral. Maria Sklodowska, inicialmente discípula de Pierre Curie, fue su mejor colaboradora.

Mileva Maric luchó para estudiar en la universidad

A Mileva, la niña serbia brillantísima que había luchado tanto para estudiar en la universidad a pesar de ser mujer, extranjera y coja, la felicidad tras el enamoramiento inicial le duró muy poco. Primero tuvo que volver sola a su país cuando se quedó embarazada de la primera hija que tuvo con Einstein y, cuando finalmente se casaron, tuvo que ocuparse de la casa y de cuidar a los dos hijos que tuvieron después; no pudo desarrollar una carrera científica, lo que la hizo sentirse muy desgraciada. La situación empeoró cuando a su hijo pequeño le diagnosticaron esquizofrenia y Mileva se tuvo que ocupar de él. Einstein se separó de la “compañera” y se casó con su prima Elsa Loewenthal, una ama de casa que además le organizó su vida social y, a diferencia de Mileva, sí era del agrado de la madre de Einstein. La relación de Einstein con Mileva y sus hijos se deterioró hasta el punto de que su hijo mayor se cambió el apellido en cuanto pudo. El hombre más prestigioso del siglo XX fue repudiado por su propio hijo.

Clara Immerwahr obtuvo un doctorado en química

A diferencia de Mileva, Clara Immerwahr comenzó una brillante carrera profesional siendo la primera mujer que obtuvo un doctorado en química en una universidad alemana. Pero su salud se vio afectada tras el nacimiento de su hijo y Fritz Haber no le prestó atención que habría necesitado. Los progresos académicos de él fueron paralelos a la frustración de ella, como le confesó a su mentor, el profesor R. Abbeg. Con la síntesis del amoniaco que lleva su nombre, Haber hizo que se  multiplicaran las cosechas poniendo fin a las hambrunas de comienzos del siglo XX en Alemania. Pero su patriotismo y el deseo de borrar el estigma de su ascendiente judío, le llevaron a diseñar y supervisar la producción del gas de guerra cloro, lanzado por primera vez sobre el frente de Yprés, en Bélgica, a comienzos de la primera guerra mundial, causando una muerte atroz a más de 5.000 soldados franceses, que literalmente echaron los pulmones por la boca. Clara Immerwahr había asistido horrorizada el progreso de los trabajos de su marido para construir un arma de guerra terrible, lo que le repugnaba como científica y como ser humano. La noche que el Alto Estado Mayor alemán agasajaba a Haber en su casa tras el “éxito” del ataque, ella se quitó la vida con el arma de su marido. Haber se casó poco después con una mujer menos díscola.

En contraste con Einstein y Haber, Pierre Curie no renegó de su compañera. No  sabemos cuantas incomodidades le acarrearía esta decisión ni cuantas veces sería objeto de burla por parte de sus colegas, pero sí sabemos que pudo costarle un premio Nobel, porque cuando le dijeron que era candidato al mismo, contestó firmemente que si el motivo era el descubrimiento de la radiactividad, su mujer no podía quedar al margen.

Hay que ser un genio para alcanzar los logros de estos tres científicos, pero hay que tener grandeza de espíritu para reconocer el mérito ajeno y estar dispuesto a renunciar a la gloria para defenderlo. El día 11 de febrero se celebra el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. Sirvan estas líneas para homenajear a los “compañeros”, pasados y presentes, de las científicas que les apoyan para que puedan desarrollar sus carreras.

La autora de este artículo forma parte de la Red de Científicas Comunicadoras.