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Los dos focos más agresivos de la pandemia, Madrid y Catalunya, tenían a medio gas las agencias que debían liderar el enfrentamiento contra el virus

CARME VALLS-LLOBET | Artículo original

La pandemia que está asolando el mundo está dejando, a los cuatro meses de iniciada, cifras de más de tres millones de contagiados y un cuarto de millón de muertes, sin que por ahora se vea un final claro. El colectivo con más contagios ha sido el sanitario, que ha pasado de heroínas y héroes a victimas de sus condiciones de trabajo, y el colectivo con casi la mitad de la mortalidad en Europa ha sido el de personas que viven en residencias de ancianos, desde Bélgica y Noruega hasta Italia y España. No es país ni continente para viejos y viejas. La experiencia de China no nos podía servir para prevenir el exceso de mortalidad en Europa, ya que allí los padres viven con la familia del hijo mayor hasta el fin de sus días, por lo que es menos frecuente asilar a los mayores en centros de convivencia. Febrero fue el mes perdido de Europa, según algunos epidemiólogos de la OMS, que tampoco apremiaron para aumentar la consciencia del peligro.

China si advirtió de la vulnerabilidad del personal sanitario y de la necesidad del material de protección, aunque probablemente nunca sabremos el número real de sus muertes y contagios. Pero las cifras de más 38.000 sanitarios contagiados, y más de 30 muertes, si obligan a un cambio drástico y una reversión de los recortes a que había sido sometida la sanidad pública en España. El Reino Unido lleva ya 100 muertes entre el personal sanitario, ya que el neoliberal recorte de recursos también había llegado al excelente NHS.

Tenemos algunas certezas. Hemos aprendido ya mucho de las características de este virus, altamente contagioso y persistente más de tres días en plásticos y acero inoxidable. La atención sanitaria ha mejorado los protocolos de atención en un mes, buscando el mejor tratamiento de la neumonía bilateral intersticial y fallos posteriores en corazón y riñón. Estamos aprendiendo como utilizar las pruebas de detección. Es útil identificar los casos para aislar a los contactos y un seguimiento de su evolución. Y es útil hacer estudios epidemiológicos para saber el alcance real de la epidemia como propone el comité dirigido por Salvador Illa.

No sirve de nada hacer pruebas a toda la población, por mucho que grite Casado para intentar desgastar al Gobierno. Ni el confinamiento infinito, ni los controles totales, ni las rebajas de impuestos, ni insultar siempre sin proponer nada, aporta ninguna solución. Hemos de aceptar una realidad, el virus ha venido para quedarse, y nos falta tratamiento adecuado de las complicaciones y una posible vacuna para el futuro. Y tenemos incertidumbres sobre qué inmunidad nos deja, que evolución tendrá con el calor, y si podremos evitar los rebrotes. Con la buena noticia de que nuestro confinamiento ha bajado los niveles de contaminación más del 70% en nuestras ciudades.

Nos hemos enfrentado al miedo con la resistencia, pero ha empezado el momento de la reconstrucción. Para ello hay una primera tarea urgente. Hemos de dotar de material adecuado al personal sanitario y de las residencias de mayores. Y dotar de funciones y recursos a la atención primaria. Fabricar el material que necesitemos en el futuro para protegernos y reforzar la red de atención sanitaria pública con unas agencias robustas de salud pública.

Por desgracia para nuestro país las agencias de salud pública fueron las primeras en ver diezmadas sus actividades y recursos precisamente por los recortes de diversos gobiernos, como en Madrid y Catalunya. Los dos focos más agresivos de la pandemia tenían a medio gas las agencias que debían liderar el enfrentamiento contra el virus. Por ello es tan incomprensible que no se tengan en cuenta todas las voces de expertos y se anulen o se pospongan por parte del Govern las reuniones con el consejo asesor en salud pública. Ninguna opinión científica es baldía en este momento. Ni hay una única verdad ni una certeza absoluta. Es el momento de dejar los egos y la soberbia debajo de las sillas y aceptar que la nueva normalidad la hemos de construir trabajando unidos, de forma “coordinada, flexible, adaptativa, gradual y asimétrica” como ha pedido el presidente Pedro Sanchez.

La primera reconstrucción necesaria es la de la confianza y la lealtad, actitudes federales poco ejercitadas. El futuro puede ser incluso mejor, pero nunca será igual y la humanidad debe estar preparada para prevenir todo tipo de pandemias, incluida la climática, ejerciendo la solidaridad.