No todas las niñas y niños tienen familias que impulsen su curiosidad científica. En la escuela y en el ocio, podemos despertar el interés por la ciencia.

MARTA MACHO STADLER | Artículo original

El 24 de diciembre de 1971 Juliane tenía 17 años. Volaba desde Lima hacia Pucallpa (Perú) con su madre, Maria (nacida von Mikulicz-Radecki), para pasar las vacaciones con su padre, Hans-Wilhelm Köpcke. Mientras sobrevolaban la selva del Amazonas, una tormenta estalló. Ante la violencia del viento y la lluvia, el piloto decidió buscar un lugar para aterrizar. Un rayo se interpuso en su camino y el avión estalló. Juliane fue la única superviviente. Salió despedida, atada a su butaca que amortiguó su caída.

Aunque sus heridas no eran graves, estaba en medio de la selva a cientos de kilómetros de un lugar habitado. Tras diez días de caminata consiguió encontrar ayuda. Sabía exactamente qué no debía comer, qué podía beber y qué debía evitar para esquivar los peligros que acechaban. Lo sabía porque su madre era ornitóloga y su padre zoólogo; Juliane los acompañaba con frecuencia cuando salían a realizar trabajo de campo. Seguramente sus experiencias en aquellas excursiones la ayudaron a sobrevivir.

Juliane es ahora una experta en mastozoología, especialista en murciélagos. En el momento de subirse a ese avión en el que falleció su madre, Juliane ya sabía que quería estudiar una carrera relacionada con la biología. Con toda seguridad, su decisión estaba vinculada a la profesión de su madre y su padre que le transmitieron la pasión por la zoología durante sus salidas al campo.

Sidnie Milana (1902-1979) e Irene (1904-1988) eran hijas de un dentista, George Manton,  y una diseñadora de ropa, Milana (nacida D’Humy). Su madre las animó a  estudiar ciencias naturales. Y le hicieron caso. Sidnie Milana llegó a ser una gran entomóloga; investigó sobre la evolución de los artrópodos, siendo elegida miembro de la Royal Society en 1948. Irene se decidió por la botánica, estudiando helechos y algas; fue la primera mujer en presidir la Linnean Society de Londres (1973-1976).

Aunque George y Milana no tenían relación con el mundo de la ciencia, tenían una buena posición económica y social y animaron a sus dos únicas hijas a estudiar.

Saga científica

Luz (1914-2003) era la hermana menor de Miguel Félix, Florencio y Pilar. Su padre, Félix Zalduegi, era secretario del ayuntamiento de Mallabia (Bizkaia) y su madre, Josefa Gabilondo, ama de casa. La educación de sus hijas e hijos era primordial. Miguel Félix estudió veterinaria en Madrid, Florencio y Pilar magisterio. Luz quería dedicarse a la misma profesión que su hermano mayor. Aunque la familia le sugirió que el magisterio era más adecuado para una mujer, Luz impuso su voluntad y se convirtió en la primera mujer vasca que finalizó los estudios de Veterinaria (1937).

Se casó con un compañero de estudios, Leandro Carbonero. Al contrario que su marido, Luz no lo tuvo fácil para ejercer su profesión, ya que las mujeres tenían prohibido el acceso a muchos puestos de trabajo. A pesar de todo, entre otros, ejerció como inspectora de Sanidad en varios municipios vascos, fue inspectora en la Aduana de Barajas y en 1945 ingresó por oposición en el Cuerpo Nacional Veterinarios donde investigó sobre la fiebre aftosa. 

El matrimonio tuvo tres hijas y un hijo: María Rosa, Pilar, Luz y Luis Félix. Como su madre, Pilar (1942) ha sido una pionera al dedicarse a una profesión tradicionalmente masculina. Es una reconocida ingeniera agrónoma, impulsora de la biotecnología vegetal y precursora en la investigación sobre plantas transgénicas en el estado español. En 2003 se convirtió en la primera mujer en ingresar en la Real Academia de Ingeniería.

Luz Zalduegi Gabilondo tuvo la suerte de vivir en un ambiente familiar que propició que sus hijas estudiaran y tuvieran una profesión. Pilar Carbonero Zalduegi partió de una situación diferente: tenía a su madre como ejemplo de investigadora apasionada y luchadora incansable por conseguir su lugar en una profesión que no quería mujeres en sus filas.

Juliane, Sidnie Milana e Irene, Luz y Pilar tuvieron la suerte de contar con el apoyo de sus familias para dedicarse a sus carreras científicas: porque conocían la ciencia de cerca, porque la educación era un objetivo central o porque los recursos económicos se lo permitieron. No todas las niñas y niños parten de una situación familiar tan favorable. En la escuela, y a través de diferentes propuestas de ocio, podemos ayudar a despertar el interés por la ciencia y la tecnología entre aquellas niñas y niños que no lo tienen tan fácil. Sus capacidades y su talento son valiosas para el resto de la sociedad. Y, si así lo deciden, el quehacer científico es una opción apasionante.

La autora de este artículo forma parte de la Red de Científicas Comunicadoras de El periódico.