El químico español Antonio Ribera Blancafort, becario de la compañía Boots, fue la primera persona que sintetizó el antiinflamatorio en los años 60

ADELA  MUÑOZ PÁEZ | Artículo original

Este verano, en un viaje tras las huellas de Maria Skłodowska-Curie en Polonia, la muñeca derecha se me fue hinchando hasta el punto de que no podía dormir, comer, ni mucho menos arrastrar una maleta de 20 kilos.  En la primera farmacia a la que fui me vendieron algo que supongo sería un remedio homeopático, porque la farmacéutica me dijo que era natural y no me hizo ningún efecto. Al cabo de un par de días, como la inflamación no remitía, me planteé volverme a España, pero antes hice una videoconsulta telefónica con un traumatólogo -mi hijo- que me recomendó tomar un antiinflamatorio y ponerme un muñequera. En el hotel me dijeron la marca de una medicina que contenía ibuprofeno (400) que podía obtener sin receta, así como la farmacia donde podía encontrarlo. Tras tomarme el ibuprofeno y ponerme una buena muñequera, mi vida cambió. Entonces tomé conciencia de lo afortunados que somos porque el dolor ya no es una maldición de la que nadie puede escapar.

Pero esto es algo muy reciente. Mis abuelas vivieron la mayor parte de sus vidas sin calmantes y cuando yo estaba con ellas en el pueblo y me dolían las muelas, el remedio que me daban era ponerme en el hueco de la muela picada una bolita de algodón impregnada en coñac. Yo la empujaba hasta el fondo de la muela, pero esta seguía doliéndome a rabiar; al final terminaba durmiéndome, imagino que debido a las emanaciones etílicas del coñac.

Los sumerios y la aspirina

La historia de los calmantes modernos empezó en 1899, cuando Bayer, que hasta entonces había sido una pequeña compañía alemana dedicada a fabricar tintes, sintetizó, patentó y comercializó la sustancia que la convertiría en un gigante farmacéutico: el ácido acetil salicílico, más conocido como aspirina. ¿Cómo encontraron en la Bayer el compuesto mágico? En documentos sumerios (2.500 antes de Cristo), en el papiro de Ebers del antiguo Egipto, así como en algunos textos médicos de la Edad Media, hay referencias a las propiedades calmantes del “té de sauce” obtenido al hervir la corteza de este árbol. No obstante no debía de ser muy eficiente, porque para paliar el dolor se usaban opiáceos, que tenían el inconveniente de ser muy adictivos, por lo que a mediados del siglo XIX había multitud de opiómanos. Bayer encontró también la solución a ese problema: el mismo año que patentó la aspirina, patentó la dimetilmorfina, más conocida como heroína. Cuando se hizo evidente que la eficacia de la heroína para curar a los opiómanos se debía a que generaba una adición aún mayor, dejó de venderse en las farmacias, pero ya habían pasado más de 30 años desde su su descubrimiento.

Volviendo a la aspirina, lo que hizo Bayer fue identificar el principio activo del preparado que usaban sumerios y egipcios, el salicilato de sodio, mejorar sus propiedades calmantes, antiinflamatorias y antipiréticas sintetizando un compuesto parecido, el ácido acetil salicílico, y diseñar un método de síntesis barato para obtenerlo. Ahora nos parece inimaginable, pero no hace ni un siglo, en España, una fiebre incontrolada en un niño podía causarle daños irreversibles en el cerebro e incluso la muerte. Durante la primera mitad del siglo XX, la aspirina fue la sustancia milagrosa que quitaba la fiebre y todo tipo de dolores.

Pero a mediados del siglo XX se descubrió que tenía efectos secundarios indeseables, como causar hemorragias intestinales en pacientes con úlcera gastrointestinal, debido a sus propiedades anticoagulantes. A pesar de que la aspirina era un excelente calmante y antipirético que hoy, además, toman a diario las personas mayores para prevenir accidentes vasculares, como ictus o infartos, se buscaron sustancias alternativas.

El mejor sustituto de la aspirina fue obtenido en la década de los 50; se trataba del paracetamol, aunque carecía de propiedades antiinflamatorias y de las (a veces) indeseables propiedades anticoagulantes de la aspirina. Una década después la compañía química inglesa Boots desarrolló un antiinflamatorio para tratar el reumatismo, el ibuprofeno, que posteriormente se descubrió que tenía carácter calmante y antipirético. Aunque es un hecho muy poco conocido, la primera persona que sintetizó el ibuprofeno fue uno de los becarios de Boots, el químico español Antonio Ribera Blancafort, que posteriormente sería rector de la Universitat de les Illes Balears. 

El señor Ribera Blancaflor ocupa desde hoy un lugar destacado en mi olimpo de santos laicos no por haber sido rector, sino por ser el descubridor del ibuprofeno.

Catedrática de Química Inorgánica de la Universidad de Sevilla y miembro de la Red de Científicas Comunicadoras.