LA CIENCIA IMPACIENTE DURANTE LA COVID-19

DANIELA DÍEZ | Artículo original

Desde que el 11 de marzo de 2020 el director de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Dr. Tedros Adhanom, declaró como pandemia a la crisis global causada por la Covid-19, la población mundial ha estado expectante a los avances científicos que nos permitan volver a la ansiada “vida normal”. En este contexto, la COVID-19 ha provocado un fenómeno inédito de ciencia en tiempo real en un mundo hiperconectado y tecnológico, en el que la información y desinformación se disemina aún más rápido que el propio virus. He aquí dos escenarios alentados por la impaciencia social que demanda respuestas inmediatas.

Por un lado está el escenario científico a ojos del mundo, transitando una nueva era. La magnitud de los fondos destinados a la búsqueda de métodos diagnósticos, preventivos y por sobre todo de conseguir un tratamiento y/o vacuna han llevado a que la investigación básica y clínica ocurra simultáneamente, a gran velocidad y en casi todo el mundo. En España, solo el Instituto Carlos III ha aprobado el financiamiento para 143 proyectos de investigación entorno a la Covid-19 y hasta el 1 de octubre se han registrado 2.548 ensayos clínicos en clinicaltrials.gov. El estado frenético de actividad en la investigación científica, demandada por una sociedad inquieta y sedienta por información, ha expuesto a su vez la incertidumbre intrínseca del método científico.

Quiénes conocemos cómo funciona la ciencia, sabemos que el proceso de investigación científica es dinámico, y que lo que hoy creemos cierto, mañana puede retractarse. Es parte del desarrollo del conocimiento. Una buena ciencia ocurre “poco a poco”, necesita tiempo para ejecutarse, validarse y publicarse. En esto último me detengo, la presión por comunicar los resultados entorno a la Covid-19, con la inmediatez que la sociedad (autoridades, medios de comunicación, ciudadanía en general) lo exige, ha propiciado a que el sistema tradicional de publicación científica se someta sin muchas alternativas a un estado de transformación o “revolución”, como le han llamado en otras publicaciones.

La Covid-19 ha puesto en manifiesto la necesidad de transformar la metodología de publicación científica que lleva años siendo cuestionada por la misma comunidad. En este contexto, la aceleración en los procesos de peer-review, los repositorios de preprints y open access, han cobrado importancia no solo en la comunidad científica, sino en quienes deben comunicar dichos avances.

Desde el escenario de la comunicación, su rol no ha sido menos desafiante. Desde los primeros comunicados respecto a este nuevo coronavirus, se han identificados numerosos problemas relacionados con la veracidad de la información y la forma de comunicarla. La avalancha de información, la aparición de noticias falsas, el mundo hiperconectado y la libertad de expresión en las redes sociales, han promovido la propagación de información errónea no contrastada más grande de todos los tiempos. Por un lado, el desconocimiento de la población respecto a la incertidumbre del método científico, y los recursos de open science y preprints que ha sido una ventaja en la comunidad científica y accesible para la ciudadanía, han sido una espada de doble filo, ya que un acceso sin criterios establecidos ha promovido la comunicación y difusión de resultados con evidencia poco concluyente.

Frente a esta realidad, los expertos de la comunidad científica y los profesionales que la comunican tienen la   gran responsabilidad de ser capaces de proporcionar a la población la información objetiva basada en pruebas que contribuyan a mejorar sus conocimientos entorno a la enfermedad en particular y la ciencia en general. Algunos artículos y reuniones han enfatizado en la importancia de que los comunicadores colaboren con los científicos y que estos últimos sean sinceros sobre las limitaciones.